Cine y televisión

Por Antonio Golmar

En el programa Vivir de cine del sábado 8 de mayo comentábamos, a propósito de la película Noche loca, con Steve Carrell y Tina Fey, que en los últimos años la televisión se ha convertido en la mayor cantera de Hollywood. No hay semana sin que al menos uno de los grandes estrenos esté dirigido, guionizado y protagonizado por gente venida de las series o programas cómicos de la televisión. Las adquisiciones de canales generalistas por parte de los grandes estudios (ABC por Disney, NBC por Universal) y la diversificación de los estudios, que cada vez más hacen producciones para sus canales temáticos de televisión (Sony y Fox) hacen prever que este fenómeno vaya a más en los próximos años.


Así, los contratos de numerosos actores para series de televisión ya incluyen cláusulas en las que el artista también se compromete a trabajar en un número determinado de películas. Este fenómeno posibilita que el público disfrute de sus estrellas favoritas también en la gran pantalla, proporciona a éstas la oportunidad de acceder al cine y con frecuencia es un negocio redondo para los grandes grupos de comunicación y entretenimiento.

Sin embargo, también hay riesgos que no deberíamos pasar por alto y que podrían jugar en contra tanto del espectador como de los propios profesionales del cine:

En primer lugar, algunos actores, al no tener la posibilidad de rechazar un guión, terminan saliendo perjudicados al protagonizar películas de mala calidad. Un par de tropiezos al principio pueden dar al traste con una prometedora carrera cinematográfica que podría haberse desarrollado de otra forma, o al menos no con la velocidad que en la actualidad imponen los estudios, y que a veces se me antoja un tanto cortoplacista e incluso contraproducente.

Por otra parte, algunos directores de televisión no parecen conscientes de que, mientras en un sitcom el objetivo es que el espectador no cambie de canal, en una sala de proyecciones el público constituye una especie de mercado cautivo, y que en principio nadie entra en un cine pensando en irse en la mitad de la película. Tanto Noche Loca como Plan B, dos de los estrenos más recientes, caen en ese error. La sucesión incesante y a veces vertiginosa de gags y de escenas brevísimas protagonizadas por una multitud de personajes secundarios de cartón piedra son, además de innecesarias, cansinas y hasta exasperantes para un público que no busca eso (para eso está la televisión) sino más bien todo lo contrario.

Algunas películas terminan pareciendo episodios especiales o maratones de series más que largometrajes. Se pierde la trama, la relación entre los protagonistas de desdibuja y uno sale con la sensación de que no le han contado nada. Al menos en la televisión uno cuenta con los cortes publicitarios para descansar, levantarse o pensar en lo que acaba de ver.

Hasta ahora, la fórmula de lo que yo llamaría Sit-Cinema ha sido bastante rentable. Espero que no tengamos que esperar que la gallina de los huevos de oro perezca de agotamiento para que algunos estudios se replanteen la cuestión e ideen una forma de seguir regalándonos a nuestros actores y directores de televisión favoritos en la gran pantalla sin hacernos sospechar que de vez en cuando, más que un regalo no han dado gato por liebre.

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