Viaje en el tiempo de la ciencia ficción (parte 2)

AvatarPor Quique Sanchís

Continuemos con nuestro viaje fantástico sobre la ciencia ficción de hace algunas semanas, que os recuerdo, concluyó con la presentación en el final de la década de los 80 de dos robots tan dispares como exitosos: Robocop (“ejem”) y el gran Terminator.

La década de los 90 significó el renacer de los efectos especiales de gran calidad y el bombazo de las empresas dedicadas a ellos, lo que supuso la gran comercialidad y espectacularidad de algunos de los filmes que se generaron.

A pesar de que pequeñas joyas nada comerciales se colaron en nuestros cines, como el caso de Gattaca (1997), un thriller sobre la manipulación genética sin apenas efectos que tristemente no despertó mucho fervor en taquilla pero que debería ser repasado por los amantes del género y resituarla en el lugar que se merece, las mas recordadas de esta década son aquellas que generaron mas “dinerito” en taquilla. Tal es el caso de Jurassic Park (1993), buena adaptación de la novela de Michael Crichton, mucho más técnica que la propia película, y que generó otras dos secuelas de “más de lo mismo” absolutamente olvidables; o la irrisoria “americanada” (pero con la que un servidor se lo pasó genial) llamada Independence Day (1998), que supuso la confirmación del estrellato de un tal Will Smith.

Mención especial en esta época merecen dos películas, tan taquilleras como diferentes.

Tener como protagonista a Bruce Willis por aquel entonces significaba un éxito casi seguro, pero si además se incluye una belleza como Milla Jovovich y se añade un personaje absolutamente tronchante interpretado por un tal Chris Tucker (lástima que luego nos diéramos cuenta que a todos sus personajes los interpretaba igual) dieron como resultado en la cabeza de Luc Besson una película tan comercial como simple, pero francamente entretenida y cargada de imaginación que fue El quinto elemento, que arrasó en las taquillas de todo el mundo.

La otra era mucho más compleja, con una trama de realidad virtual, guerra humano-máquinas y unos efectos especiales espectaculares e innovadores que surgió de la retorcida mente de unos hermanos llamados Wachowski. The Matrix (1999), con Keanu Reeves a la cabeza, hizo que todo el planeta reconsiderase la posibilidad de estar viviendo una existencia que no era la “real” y, sobre todo, intentar emular  el efecto “bullet time” con el que Neo evitaba las balas de los agentes de Matrix. Ni lo uno ni lo otro acabó bien, je je. Desgraciadamente, la película no tenía un final cerrado y eso degeneró en otras dos películas que, personalmente, acabaron por hundir hasta el subsuelo el gran efecto que generó la primera.

La entrada en el siglo XXI ha supuesto la consolidación de los efectos especiales como esencia obligada para que una película de ciencia ficción triunfe en taquilla, pero también el nacimiento de un abanico inacabable de posibilidades para el género: desde la fantasía maravillosa de Tolkien hecha imagen por Peter Jackson en su trilogía de El señor de los anillos (gracias, gracias, gracias), hasta la explotación con irregulares consecuencias de los superhéroes Marvel y DC, pasando por los intentos de Spielberg de hacer historia con Minority Report o Inteligencia Artificial, tan fallidos como vacíos. También se ha demostrado la falta de ideas que sigue viviendo Hollywood empeñado en el renacer de éxitos pasados: Star Wars, Star Trek, Transformers… aunque su buen resultado en taquilla parece darles la razón.

Y luego, por fin, llegamos a esas pequeñas joyas que siguen haciendo del cine de ciencia ficción un género que sorprende y atrapa, sin tanta necesidad de que los efectos sean los protagonistas, si no basados en una buena historia que contar, y además, bien contada. Aquí entrarían maravillas como la misma Wall-E (vale, sí, es una película por ordenador, es un efecto toda ella, pero es tan increíble que merece una mención especial), Distrito 9, que daba pie a este viaje, y la reciente ganadora del Festival de Sitges, Moon.

Como se ve, el género sigue vivo y creando expectación y controversia, regalándonos grandes joyas en forma de pequeños filmes o grandes truños en forma de grandes superproducciones… Y este año aún nos falta el Avatar de Cameron… ¿en qué lugar la situaremos? La respuesta,  el  18 de diciembre en los cines de todo el mundo.

Gracias por la compañía y hasta la próxima.

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